sábado, enero 11

La cámara de mi celular

Vacié la cámara de mi celular y esto fue lo que me encontré.
 
Un gato en una librería.
 
 Mi nombre.

Pikachú quería comer en el mismo lugar que yo.
 
 Viejitos que se toman las manos.

 Se soltará al perro.

 Gatos que se abrazan.

 Mensaje misterioso I (recomiendo agrandar).

 Amlo.
 
Prohibido toser.

 Topo Gigio borracho esperando el autobús.

Un señor que lleva a su esposa en una carretilla (recomiendo agrandar).
 
 Mi amiga Mariana con su muppet.
 
 Todos queremos escapar.

Clásica foto de pies de hobbit.

Solo para machos.

Cuando a Bellota le puse la camisa de Pablo.
 
 Las fotos que guarda mi abuela. 

Perro tras las rejas.

Gato viendo televisión.
 
Se vende perro frespool.
 
 A esta la llamo: gato con huevo.

Vivo con tres animales.

Pablo besando algo.

Un cocker asomado.

Gato con rompecabezas.

Selfie.

Clases de japonés de lado.
 
Leonardo haciendo como que lee. 

Un promo en el que salieron mis manos y pies.

Gato sobre dvd.

Gato con pizza.
 
 Un samurái en la oficina.

Un samurái en el piso de la oficina.
 
 Un gato muy alerta.
 
Yoga en la oficina.
 
 Mensaje misterioso II.

Superhéroes bailando gangam style.

Edificio a punto de derrumbarse.

Un día que fuimos a grabar muy lejos, a Bucareli.

viernes, octubre 18

Una especie de ¿relato?

¿Has visto cómo hay gringos que, cuando deciden mudarse, no empacan sus cosas en maletas como acá: calcetines, bolsas, libros, el gato, y no dejan colgada la llave en la antigua cerradura ni cierran la puerta ni dicen adiós, sino que hacen una llamada y esperan a que se aparezca frente a su entrada la grúa descomunal que desenterrará la casa desde sus cimientos, la alzará en el aire y la trasladará, completita, hasta la nueva dirección, un espacio donde ya no será necesario levantar un hogar porque ese ya se tiene construido y decorado, es aquel que va volando y que pronto se asentará, lo has visto?
 
Eso es lo que hicieron aquí. En este lugar había una casa, y ni voltearon a mirarla.
 
Trasladaron la suya, entera, por miedo a enfrentarse a lo nuevo. Echaron abajo la que ya existía. Contrataron bulldozers y aplanaron el terreno. Supusieron que el lugar estaría colmado de escombros inservibles y que no valdría la pena salvar casi nada. Si acaso, se dijeron, si acaso habrá algún arbusto que pueda recuperarse, quizás un canelo plantado en la banqueta. Adivinando, comenzaron a imaginar que tal vez podrían usarlo, sacarle provecho un rato y después tirarlo, o dejarlo ahí y esperar a que muriera solo, a que las plagas lo devoraran o a que la soledad y las patadas de los nuevos residentes acabaran con él.

Pero más que arbustos, lo que hallaron fue una decena de árboles, un modesto bosque. No calcularon que su casa, aunque completa, no ocupaba el espacio total del terreno, y que en él habitaban especies arbóreas resistentes a los maltratos y al más absoluto de los abandonos. Y que las necesitarían. Que tarde o temprano sentirían frío y buscarían leños para prender fuego, y que se les antojarían los frutos de los manzanos y los limoneros. Que saldrían una mañana a intentar convencer a los árboles de incorporarse al nuevo hogar. Los instarían a mirar hacia adelante, al futuro, juntos como un equipo, hombres y plantas, les sugerirían que olvidaran a sus compañeros que murieron aplastados cuando la mudanza cayó del cielo. Les ofrecerían, a cambio, el perdón por sus pecados: haber echado raíces en la casa antigua, su pasado lamentable de adscripción a un régimen ahora arcaico. Les dirían que su historia sería pasada por alto y que grandes cosas, buenos tiempos, el fin de la edad aciaga y el resplandor de la nueva era, por fin llegarían. Serían mentiras.

Se necesita inteligencia y valentía para enfrentarse a lo nuevo. Es más sencillo huir y resguardarse en lo viejo. Acorazarse tras los muros de una casa, más si esta fue previamente levantada.

Yo ya me fijé y ni está tan bonita su casa. Sus cimientos se debilitan cada día y hay un hongo creciendo en las esquinas. Le echaron desinfectante, pero sus fallas son estructurales: se va a venir abajo y nadie se atreve a hablarlo. La matriarca del hogar, una dama que no por vulgar es menos siniestra, insiste en las etiquetas: el uniforme, el calendario, el buen decir. Nadie tiene la osadía para advertirle de la bomba de tiempo que es su vivienda, sería faltar al protocolo y arriesgar la convivencia. Mejor no enterarse de las últimas noticias: que las  vigas se trozaron y las tuberías se atascaron. Como he dicho: lo conocido siempre será mejor que lo nuevo; es el mantra de los necios, los de mirada corta y poco entendimiento.

Nuestra casa estaba fea, pero no estaba tan fea. Habría bastado una capa de pintura para embellecerla. Había desorden en los pasillos y un poco de polvo en las rendijas; alguna rata desorientada se daba su vuelta por la cocina. Se caían los azulejos, los muros se resquebrajaban con cada temblor y de vez en cuando una gotera arruinaba el plafón. Pero en esa casa cabíamos todos. Apretados en verano, aburridos en invierno, pero todos. Hombres, gatos, perros, árboles. Todos. No se apagaba la luz para esconder la fealdad ni se susurraban las verdades por miedo a incomodar. Hombre era hombre, perro era perro. Nuestras tareas eran tareas y ya; no la dócil complacencia, no estaba entre nuestras funciones bajar la cabeza. Ahora resulta que la planta tiene que pedir permiso para florear.

Nadie nos preguntó si nos gustaba nuestra casa fea. No se nos pidió opinión, no se nos ofreció disculpas. Evitaron mirarnos mientras la echaban abajo y ponían la suya encima. Hombres, gatos, perros, a ellos los expulsaron primero, los enviaron lejos. Luego llegaron los bulldozers que aplanaron el terreno. Ya solo somos tres árboles viejos los que quedamos aquí plantados, hemos visto morir a todos los demás; hoy la casa nueva es un cementerio vegetal. A nosotros nos permiten la existencia, nos quieren hacer creer que nos hacen un favor, pero no es cierto.

Yo me he quedado en la entrada, aquí me plantaron un día los viejos habitantes y los nuevos no me han podido mover. Ni siquiera el asco que me da cuando alguno de ellos, o sus perros  horrendos, me orina, me ha hecho crecer las piernas que me alejen de este infierno. Desde aquí miro a lo viejo y a lo nuevo. Me complace la nostalgia, aunque casi siempre se me convierte en sufrimiento. Los observo con desprecio, a los recién llegados, porque yo he visto cosas. Sé que son cobardes, que tienen el corazón lleno de inseguridad; por eso los tranquilizan la subordinación y la falsa amabilidad. Se están aprovechando de mi sombra pero yo ya no los quiero cobijar, todas las mañanas me pregunto cuándo me van a cortar. Por favor, se los pido, ya mándenme a cortar.

martes, octubre 15

Yo vengo


Yo vengo de un lugar pequeño. Allí, donde el entorno es inmediato, el ambiente circundante es propio y todo lo que miras, lo puedes tocar. Las calles son estrechas y las casas son angostas, pero es amplio el caminar y mayúscula la existencia. En mi ciudad los patios están frescos y las banquetas son asientos.

Me costó trabajo adaptarme a convertir en lejano lo cercano y a ver un paisaje sin poderlo agarrar.

martes, octubre 1

La autoridad y yo


Hice la primaria en una escuela activa en la que me enseñaron, entre otras muchas cosas, a respetar a la naturaleza y a pensar por mí misma. Desconocía entonces, y tampoco estoy muy enterada ahora, el método pedagógico detrás de ese tipo de escuelas, pero de que aprendí, aprendí, y de que me gustó, me gustó. Algunos recuerdos que vienen a mi mente son las asambleas para discutir malentendidos, la ausencia de exámenes y las visitas a los beneficios de café que desechaban la pulpa con la que elaborábamos nuestra lombricomposta.
 
Cuando fue el momento de entrar a secundaria, se me metió en la cabeza la inquietud por conocer un mundo diferente, y le pedí a mi mamá que me inscribiera en una escuela pública. Se negó primero, pero accedió después. Así fue como entré a la secundaria pública técnica industrial número 128 (así, sin comas). 

Los golpes de realidad que me dio esa escuela fueron a veces violentos y otras, extraños; también felices, los menos. Hoy recuerdo dos de los que duelen.

El primero fue el descubrimiento de la creencia, compartida por muchas personas, de que la autoridad, entendida como cualquier individuo que ostenta un poder sobre otro, por nimio que este sea, es portadora de una especie de halo divino, generado espontáneamente o venido como accesorio de ciertos roles, y que este halo es incuestionable.

Era mi primer día en la escuela, apenas estaba acostumbrándome al nylon del uniforme, cuando se me ocurrió hacerle una pregunta a una prefecta. Su nombre era Guillermina y lo recuerdo con claridad porque su figura continuó atormentándome los tres años que pasé en la 128.

—¿Puedes decirme dónde está la cafetería? —fueron más o menos mis palabras.

A cualquiera que haya estado en una institución así le debe haber quedado claro que yo no estaba enterada de las formalidades aceptables, porque la respuesta de Guillermina fue:

—Quién carajo te crees, ni que fuéramos hermanas.

—¿Hermanas? —mi cabeza dando vueltas.

—Para que me hables de tú.

Primer golpe: A los adultos se les habla de usted, los maestros no son acompañantes, las jerarquías se veneran y el respeto se demuestra eligiendo una palabra en vez de otra.

El segundo fue días más tarde, en el aula. El profesor de matemáticas escribió unos ejercicios en el pizarrón y pidió que los resolviéramos. Como siempre fui partidaria del orden y la limpieza, hice las operaciones en una hoja y escribí los resultados en otra. Le llevé al maestro únicamente la hoja con los resultados y él me miró con mucho asombro.

—¿Dónde están las operaciones?

—En otra hoja.

—Pues tráela, si no cómo voy a saber que no te copiaste.

Ya de grande, le cambio el final a esta escena y le pongo uno de los siguientes cierres: "Pues tráela para que veamos cómo procesa la información tu cerebro" o "Pues tráela porque a veces algunas operaciones equivocadas llegan por casualidad a resultados correctos."

En fin. Estos dos recuerdos no me sirven más que para meras anécdotas de blog. Me ayudan a desahogar el hecho de que me encuentro situada en un escenario similar, frente a autoridades que anteponen un respeto simulado, una falsa sumisión, al respeto verdadero y sincero que se gana con acciones, ese que cuando uno lo otorga, no hay fuerza capaz de remover. Casi veinte años después, estoy de nuevo ante Guillermina que me obliga a hablarle de usted y hay una autoridad exigiéndome que muestre mis operaciones para cerciorarse de que no me estoy copiando.

Eso es todo lo que puedo decir ahora. Espero pronto poder venir y llenar los huecos que hoy dejo a propósito para no revelar por completo el escenario del que hablo. Aunque, pensándolo bien, mejor borro todo esto y lo mando a la novela de la que tanto hablo y de la que tan poco se ve, tristemente. O mejor no.

viernes, junio 14

Perspectiva

A los que medimos menos de dos metros y vivimos en la ciudad de México, el mundo se nos revela más o menos así:
 
 


Pero cuando nos asomamos al balcón en un primer piso, o si esperamos, parados, en la plataforma del metrobús a que este llegue, o si en coche cruzamos un puente, y también cuando viajamos en un autobús que va a salir de la ciudad, nuestra perspectiva mejora considerablemente y descubrimos follajes tupidos, tonos magníficos, las formas de las hojas, la variedad de sus texturas y su acomodo irrepetible. Almendros, araucarias y una gran cantidad de ficus. Hayas peladas y liquidámbares, verdes estrellas. Árboles que pertenecen solo aquí, que en otros lugares no hemos visto. Opacos sobrevivientes, de pie en las avenidas más hostiles, obligados a respirar a través del polvo; aguardan, estoicos, a que venga la lluvia y los lave un poco. Cómo me gustaría ser un gigante y pasarle un trapo a los pobres viejos, tallarles tantito, podarles lo feo. Y tener siempre a mi alcance la abundancia de las hojas, lo verde en primer plano, ocupando mi horizonte al andar.
 

viernes, junio 7

Calidad de vida

Hace algunos días visitó Obama este país. Desde un presídium, ante jóvenes mexicanos, recitó un discurso en el que no ahondaré. Solo me quedó en la memoria el momento en el que aseguró que México es una nación que ha sacado a millones de sus ciudadanos de la pobreza y que por eso ahora la mayoría de los mexicanos puede ser llamada "clase media". Cerró esta idea con la afirmación de que nuestros padres y abuelos habrían soñado con tener la calidad de vida que tienen/tenemos hoy los jóvenes.
 
Veamos.
Mi abuela nació pobre. El Maximato en pleno; la gran crisis económica mundial acababa de terminar. Saltamos veinte años en el tiempo y la vemos estudiando en la Escuela de Enfermería, pública y gratuita. Saltamos otros cuarenta y la vemos, ya en Xalapa, tranquila y jubilada, orgullosa de sus hijos, pendiente de sus nietos. El Seguro Social, instituto para el que trabajó durante décadas, era entonces una institución respetable o por lo menos no era una vergüenza. Todavía no se había convertido en un chiste indignante, en la anécdota de "por poco me muero" que todos hemos escuchado y algunos, vivido.
 
Mi mamá y sus hermanos nacieron en los años cincuenta. "Bien vestidos, bien comidos, bien bebidos", dice mi tío cuando se le pregunta por su infancia. A lo que mi mamá agrega: "Yo tenía dos ropas: una para lavar y una para poner". Ella, mi mamá, pudo estudiar lo que quería: letras, y dedicarse a ellas por el resto de su vida. Uno de mis tíos se hizo profesor y el otro, marino. Los tres, formados en escuelas públicas, le retribuyeron a la nación, con su trabajo, la educación brindada. Mi mamá y mi tío, como profesores de instituciones públicas; mi otro tío, como Almirante de la Marina. Hoy, todos están jubilados o a punto de hacerlo.
 
Desde el piso de tierra en el que creció mi abuela hasta mi habitación de ladrillo hay un salto que Obama calificó como la ascensión a la "clase media". Me gustaría poner en duda esta afirmación, con todo y la frescura con que fue emitida. Me parece que la calidad de vida no se puede reducir a los ingresos ni a los bienes materiales; tiene que ver con el acceso a los servicios y a las oportunidades. Este país en el que vivimos no garantiza los derechos básicos: hace mucho que ya no te curas en el seguro,  que no aprendes nada en la escuela, que no te salva la policía y que no cuestionas el hecho de que nunca te vas a jubilar. Cuál calidad de vida estará envidiando mi abuela desde su mecedora, me pregunto. Obama hizo alusión a la clase media y por tal motivo es que a ella me refiero. Estoy dejando de mencionar a los cincuenta millones de mexicanos que no pueden cubrir sus necesidades básicas y a los otros millones que tuvieron que abandonar el país por la misma razón. En mi defensa alego que él también los pasó por alto.

viernes, mayo 24

Cielos

La cuarta entrega de la tetralogía La sangre de las promesas, Cielos, cierra el universo que Wajdi Mouawad construyó para nosotros. Lo concluye y a la vez lo acota.

Mouwad nos regala, en la breve introducción a Cielos, un planteamiento que funciona, primero,  como justificación, y segundo, como explicación de lo que no es Cielos. Cielos rompe con los principios que rigieron las tres obras que lo precedieron: Litoral, Incendios y Bosques. Retomé un fragmento de la introducción y convertí su negación en afirmación. Donde decía "Cielos no es", yo escribí: "Las tres primeras obras sí son" y ahora se lo comparto a ustedes.


Litoral, Incendios y Bosques sustentan referencias al pasado, a la infancia, a los orígenes de los protagonistas. Son un grupo de actores interpretando cada uno varios personajes. Hacen convivir y dialogar a los vivos con los muertos y fueron pensadas en una relación frontal, no en un contexto escenográfico que integrase a los espectadores en el cuerpo mismo de la representación. Se preocupan por las historias secretas de las familias y colocan en el centro de su relato a un personaje salido de la adolescencia.

¿Cómo es que, si Cielos no fue levantada sobre los mismos pilares que las anteriores, forma parte de la tetralogía? Moauawad responde esta pregunta recurriendo a una analogía con la hipotenusa, "esa diagonal fabulosa que une en su punto más lejano dos segmentos que están ligados en su base por un ángulo recto. Dos seres a quienes todo los separa solo pueden ser unidos por un gesto diagonal, que es el gesto hipotenusa. En ese sentido, el grito de Charlie Eliot John es un grito hipotenusa, puesto que une Cielos a Litoral, Incendios y Bosques". El alarido de Charlie Eliot John cierra una puerta que estuvo abierta catorce años, los que tardó Moauawad en armar a sus personajes, en descubrirles sus heridas y en permitirles sanarlas. A cada uno de ellos lo confrontó con su origen y con las promesas de su sangre: juramentos pendientes, sin fecha de caducidad, esperando durante décadas, pacientes, generación tras generación, un día ser cumplidas.

miércoles, abril 24

Cuando vas a tener un perro

Cuando vas a tener un perro
los bienintencionados de siempre
te dicen cosas como:
vas a tener que pasearlo diario
a ver si no rompe tus libros
o se come tus plantas
o destruye tu casa
ojalá que no ladre
quiera dios que no se quejen tus vecinos.

Pero aquí hay algo que nadie te dice
y que deberías saber:
que los perros se mueren
que tu perro
no vivirá para siempre
y que va a ser durísimo
verlo morir.

Pocos te advierten de lo más obvio
y lo único inevitable.

No hay quien te diga
que los perros se enferman
que los huesos les duelen
cuando llegan a viejos
que se dan a la tristeza
y los detiene la necedad
que pierden los dientes
el pelo
y la gracia al andar.

Que los doctores le van a picar el cuerpo
a tu perro
que le va a dar miedo
que van a llenarse sus ojos
de desconcierto.
Y que al sufrir
te va a hacer sufrir.

Que su mirada buscará en la tuya
tranquilidad
y que si no la encuentra
puede ser que se rinda
y que desista
de dar batalla.
El puente que se extiende de sus ojos
a tus ojos
nunca has de tirar.

Cuando vas a tener un perro
hay gente que te habla
de la amistad
más sincera
y verdadera
la que nace entre un hombre
y su animal.
Pero lo que nadie te dice
es que tendrás que averiguar
cómo le vas a hacer
si se va.

jueves, diciembre 6

Así cómo

Nos enseñaron a pensar atomizado, a ver por nosotros y por los nuestros. A cerrar las puertas con doble llave y a nunca hablar con extraños. A ser dignos en la pobreza y mártires en la prisión. A ser trabajadores. A estar agradecidos. A quedarnos conformes. Nos convencieron de que la plenitud se alcanza anhelando menos y de que la ambición es la enfermedad del avaro. Aprendimos a pedir las cosas por favor. La sal, por favor; el paso en el verde, por favor; el asiento a quien lo necesita, por favor; haz bien tu trabajo, por favor; no me pegues, por favor. Por las buenas, todo; por las malas, nada. Las marchas por aquel carril; las quejas, al módulo de quejas; las injusticias, al fondo de la garganta, con agüita pasan, los corajes nos hacen más fuertes. Y mañana será otro día, y la salud la tenemos, y lo que importa es la familia, y lo que pesa son los valores.

Así cómo.

¿Cómo se cura la apatía? ¿Cómo se siembra la empatía? ¿Cómo se vuelve propia la lucha ajena y cómo diablos se le explica al mundo que los ciudadanos encarcelados injustamente deben preocuparnos a todos y no solo a los suyos?

En este estado autoritario, alzar la voz es un acto vandálico. Más aún, si esa voz busca amparar los derechos de otro. De uno que no es uno. Estoy hablando de la gente que se enfrentó a los granaderos e intentó rescatar a los manifestantes del encapsulamiento arbitrario. Y que hoy está presa. La respuesta de la fuerza armada fue directa: Tú a lo tuyo, no te metas, el que se lleva se aguanta. Y el mensaje mediático no es menos claro: Es mejor ver cada quien por los suyos, cuidar a los hijos, no hablar con extraños y ponerse, calladito y ordenado, a trabajar.

martes, mayo 22

Hoy me desperté recordando

El tres de julio de 2006 fue uno de los días más tristes de mi vida. (Ignoraba entonces que bien pronto vendrían los momentos más duros: el seis, el conteo oficial, la lucha y todo lo demás).



El tres de julio, entre furiosa y desconcertada, fui al centro de Xalapa a ver qué ocurría. En el puesto de periódicos frente al edificio de correos, estaba mi abuela, leyendo las primeras planas. Eran los días en los que mi abuela andaba de aquí para allá caminando, en urbano*, en taxis, en coches de amigos. Era una señora fuerte e independiente, brillante y aguerrida.

Nos vimos. Me acerqué a ella corriendo y me recibió con un abrazo. Yo estaba llorando mucho. “Perdimos", le dije, y la palabra se me atoró en la garganta. "No, Alaidita, aún falta camino, el preliminar no significa nada, hay que esperar al conteo oficial, apenas viene lo fuerte, Andrés no se va a dejar, nosotros tampoco, vamos a luchar, ánimo, no te caigas todavía". De su boca salían palabras y más palabras, pero yo no alcanzaba a comprenderlas bien. Aun así, me reconfortaron su tono sereno y firme, su abrazo, su paciencia y su seguridad. De su bolsa sacó una muñequita de barro y me dijo que era para mí (no entiendo todavía qué hacía la muñequita ahí).

Esa sería una de las últimas conversaciones lúcidas y reales que tendríamos. También sería una de las últimas veces en las que me sentiría chiquita junto a ella y segura entre sus brazos. Vendrían, después, la senilidad y la terrible y dolorosa confusión. La telaraña que iría nublando su pensamiento y en la que no me voy a detener aquí porque estoy guardándolo todo, anécdotas y llanto, para una novela que estoy escribiendo (es en serio).

No quiero morirme sin sentir que he dejado a mi paso un mejor país. Aunque me duele saber que mi abuela no podrá verlo, y que, si lo ve, no podrá apreciarlo. Es que aún falta camino, y ella ya está llegando al fin del suyo.



*Así le decimos en Xalapa a los camiones del transporte público.

viernes, abril 27

Jenny

Jenny avisó con antelación que se nos estaba yendo, y este lunes por fin murió. "Ya descansó", decimos, en medio de un llanto resignado. Nos abrazamos, nos tomamos de las manos, nos consolamos unos a otros, nos aferramos a la idea de que, antes que vivir sufriendo, es más digno morir, que merecía la paz y que ahora la tiene, que este mundo ingrato, que paga con dolor a quien más sabe disfrutarlo, no era ya para ella. Pero cuesta trabajo entender el orden de las cosas, si la verdad es que a Jenny le encantaba la vida. Le gustaban el son, la risa, el bullicio y la amistad. Los disfrutaba, y los demás disfrutábamos con ella.

La extraño. Me duele descubrir lo que su muerte implica: la ausencia de su carcajada en las fiestas, su nombre en el chat siempre en gris y ya nunca en verde, su casa vacía y su hijo, mi amigo Jacinto, huérfano. Y mi mamá triste triste, rota, incompleta, abandonada por su hermana a medio camino. Y Xalapa más gris, y el mundo sin ella.

Se quedan conmigo su generosidad y su sonrisa de labios pintados. En mis recuerdos de infancia queda, inamovible, su imagen. Un jetta negro, Jacinto y yo jugando beisbol, una ciudad de plástico para mi cumpleaños, cenar banderillas en la mesa del comedor. La tarde de sábado en la que, en Playa Paraíso, me enseñó a nadar. El verano en el que me mostró una Barcelona que ya le pertenecía. Y sus palabras, siempre sus palabras. Sinceras, directas, certeras. Como ella.

Al amable lector

Es lamentable que este blog se convierta en un vertedero de elegías, como lamentable también es que mi escritura solo nazca tras la muerte de mis seres queridos. Ni modo, así es esto. Peor sería el silencio.

miércoles, septiembre 14

Abuelo

De mi abuelo me quedan lo peludo y lo orejón. Lo oscuro, lo chaparro y lo erguido. Y lo necio. Me gustaría decir que también me quedan su sonrisa fácil y su ligero y simple sentido del humor.

Mi abuelo tenía muy poquitas pertenencias. Imagino la repartición de los bienes, cosa de cinco minutos.

Creyó que se iba a morir solo. "Me quedé solo por pendejo", lo oí decir un par de veces: "Me lo busqué".

Pero no.

Desde febrero, en caravana, fuimos todos a despedirnos de él: a aquel rincón alejado de todo, a su casita rodeada por platanares. "Te quiero, abuelo", le dije, y le di un beso en la frente. "Es la última vez que nos vemos", pensé, y me lamenté no haber encontrado el tiempo para conocernos mejor.

Se integró en mis recuerdos como se integran las imágenes de la infancia, las que corresponden a lo que siempre ha estado ahí, a lo que no tiene un inicio. Las que forman parte de uno como una mano o un pie. Mi abuelo, el que llegaba sin avisar, el que nos llevaba conejo, el que jugaba al Melate con mi fecha de cumpleaños. El que cambió su cachucha por un gorrito cuando mi mamá se lo tejió. El que hizo nuestra mesa del comedor. El de las historias que me contó mi abuela y que me costó trabajo creer. Mi abuelo, el de las chanclas con calcetines, el de la camiseta cuello V. El de la piel curtida, el de los dedos fuertes. Mi abuelo, el que votaba por el PRI. El que traía en su libretita fotos de todos nosotros, junto a la imagen desnuda de alguna vedette. Mi abuelo, el de las muchachonas. El que se reía de todo, comenzando por sí mismo. El que decía sin empacho lo que pensaba, lo que deseaba: Salte que me voy a dormir, Sírveme jugo, Dame un abrazo.

Mi abuelo Margarito, el viejo Márgaro. El don. El que se aferró a la vida, el que le siguió encontrando sentido aún cuando sus funciones biológicas le gritaron lo contrario. Mi abuelo, el que se murió anoche, a esta hora. El que en algún lado nos espera, sentado en su mecedora, para seguir con este gran festejo que es la vida.

domingo, agosto 28

Llover

En portugués no podemos llover. Ni tú, ni yo, mucho menos nosotros. Está prohibido.
¿Ven cómo están bloqueadas dichas conjugaciones?
Qué gran fortuna que en español sí podamos, tú, yo, él, ella, nosotros y ustedes por igual, llover.

Creo que mañana lloveré.

domingo, febrero 20

Mi abuelo Margarito

Mi abuelo perdió la fuerza, la voz, veinte kilos, la autonomía, el pelo, el vigor, los dientes, la palabra, la vista. Perdió, básicamente, la batalla contra el irrefrenable paso del tiempo. A Margarito le quedó una sola cosa: la sonrisa. Así acomoda, a veces, la naturaleza, las prioridades humanas.

lunes, enero 10

Walsh

Yo tenía cuatro años cuando mi mamá aceptó una oportunidad fabulosa que le daba la vida y se fue a vivir a España para estudiar no sé, algo. Desde Madrid mandaba cartas y postales que me leía mi abuela, y nos llamaba cada vez que podía. Nos extrañaba mucho.

Un buen día se le ocurrió pedirle a una de sus amigas, una salvadoreña que cantaba muy bonito, que la ayudara a grabar un casette para nosotros. Mi mamá, frente al micrófono, nos recordó cuánto nos quería y cuánto le partía el corazón estar tan lejos. Después nos presentó a Ara y ella cantó, suave y cariñosamente, La tortuga Manuelita, canción en la que se cuenta que Manuelita vivía en Pehuajó pero un día se marchó.

Esa fue la primera vez que escuché la música de María Elena Walsh. Un año más tarde, sus personajes y sus historias ya me habían cambiado la vida.

Poco después de la grabación del casette, mi mamá volvió a México y ella y Ara no volvieron a verse. Veinte años hace de eso y justamente este viernes Ara vendrá desde El Salvador y se reunirán.

Hoy murió María Elena Walsh y en mi mundo estamos tristes. Pero, hey, en el reino del revés seguramente están contentos. Adiós, María Elena, vamos a ver cómo es.

jueves, octubre 7

Arizona

Hace un mes, Pablo y yo fuimos a Arizona. Qué bonita y roja es. 

Les comparto un poco de lo que vi allá: Snoopy inmortalizado en piedra, cactus extraterrestres, ardillas hambrientas y florecitas que nacen a medio desierto.
 

El Gran Cañón es, en efecto, enorme. De él nada más vimos la puntita, y ella sola nos pareció inmensa. Está repleto de ardillas que se roban la comida que encuentran y de turistas exclamando en todos los idiomas “Wow!”, “¡Jolín!”, “Hou la!”, “¡No mamar!”
 

 El último día sobrevolamos Phoenix, subidos a un globo aerostático. Y, bueno, ya lo verán:



















¡Cómo me gustó Arizona!