jueves, febrero 2
miércoles, septiembre 14
Abuelo
De mi abuelo me quedan lo peludo y lo orejón. Lo oscuro, lo chaparro y lo erguido. Y lo necio. Me gustaría decir que también me quedan su sonrisa fácil y su ligero y simple sentido del humor.
Mi abuelo tenía muy poquitas pertenencias. Imagino la repartición de los bienes, cosa de cinco minutos.
Creyó que se iba a morir solo. "Me quedé solo por pendejo", lo oí decir un par de veces: "Me lo busqué".
Pero no.
Desde febrero, en caravana, fuimos todos a despedirnos de él: a aquel rincón alejado de todo, a su casita rodeada por platanares. "Te quiero, abuelo", le dije, y le di un beso en la frente. "Es la última vez que nos vemos", pensé, y me lamenté no haber encontrado el tiempo para conocernos mejor.
Se integró en mis recuerdos como se integran las imágenes de la infancia, las que corresponden a lo que siempre ha estado ahí, a lo que no tiene un inicio. Las que forman parte de uno como una mano o un pie. Mi abuelo, el que llegaba sin avisar, el que nos llevaba conejo, el que jugaba al Melate con mi fecha de cumpleaños. El que cambió su cachucha por un gorrito cuando mi mamá se lo tejió. El que hizo nuestra mesa del comedor. El de las historias que me contó mi abuela y que me costó trabajo creer. Mi abuelo, el de las chanclas con calcetines, el de la camiseta cuello V. El de la piel curtida, el de los dedos fuertes. Mi abuelo, el que votaba por el PRI. El que traía en su libretita fotos de todos nosotros, junto a la imagen desnuda de alguna vedette. Mi abuelo, el de las muchachonas. El que se reía de todo, comenzando por sí mismo. El que decía sin empacho lo que pensaba, lo que deseaba: Salte que me voy a dormir, Sírveme jugo, Dame un abrazo.
Mi abuelo Margarito, el viejo Márgaro. El don. El que se aferró a la vida, el que le siguió encontrando sentido aún cuando sus funciones biológicas le gritaron lo contrario. Mi abuelo, el que se murió anoche, a esta hora. El que en algún lado nos espera, sentado en su mecedora, para seguir con este gran festejo que es la vida.
Mi abuelo tenía muy poquitas pertenencias. Imagino la repartición de los bienes, cosa de cinco minutos.
Creyó que se iba a morir solo. "Me quedé solo por pendejo", lo oí decir un par de veces: "Me lo busqué".
Pero no.
Desde febrero, en caravana, fuimos todos a despedirnos de él: a aquel rincón alejado de todo, a su casita rodeada por platanares. "Te quiero, abuelo", le dije, y le di un beso en la frente. "Es la última vez que nos vemos", pensé, y me lamenté no haber encontrado el tiempo para conocernos mejor.
Se integró en mis recuerdos como se integran las imágenes de la infancia, las que corresponden a lo que siempre ha estado ahí, a lo que no tiene un inicio. Las que forman parte de uno como una mano o un pie. Mi abuelo, el que llegaba sin avisar, el que nos llevaba conejo, el que jugaba al Melate con mi fecha de cumpleaños. El que cambió su cachucha por un gorrito cuando mi mamá se lo tejió. El que hizo nuestra mesa del comedor. El de las historias que me contó mi abuela y que me costó trabajo creer. Mi abuelo, el de las chanclas con calcetines, el de la camiseta cuello V. El de la piel curtida, el de los dedos fuertes. Mi abuelo, el que votaba por el PRI. El que traía en su libretita fotos de todos nosotros, junto a la imagen desnuda de alguna vedette. Mi abuelo, el de las muchachonas. El que se reía de todo, comenzando por sí mismo. El que decía sin empacho lo que pensaba, lo que deseaba: Salte que me voy a dormir, Sírveme jugo, Dame un abrazo.
Mi abuelo Margarito, el viejo Márgaro. El don. El que se aferró a la vida, el que le siguió encontrando sentido aún cuando sus funciones biológicas le gritaron lo contrario. Mi abuelo, el que se murió anoche, a esta hora. El que en algún lado nos espera, sentado en su mecedora, para seguir con este gran festejo que es la vida.
domingo, agosto 28
Llover
En portugués no podemos llover. Ni tú, ni yo, mucho menos nosotros. Está prohibido.
¿Ven cómo están bloqueadas dichas conjugaciones?
Qué gran fortuna que en español sí podamos, tú, yo, él, ella, nosotros y ustedes por igual, llover. Creo que mañana lloveré.
domingo, febrero 20
Mi abuelo Margarito
Mi abuelo perdió la fuerza, la voz, veinte kilos, la autonomía, el pelo, el vigor, los dientes, la palabra, la vista. Perdió, básicamente, la batalla contra el irrefrenable paso del tiempo. A Margarito le quedó una sola cosa: la sonrisa. Así acomoda, a veces, la naturaleza, las prioridades humanas.
lunes, enero 10
Walsh
Yo tenía cuatro años cuando mi mamá aceptó una oportunidad fabulosa que le daba la vida y se fue a vivir a España para estudiar no sé, algo. Desde Madrid mandaba cartas y postales que me leía mi abuela, y nos llamaba cada vez que podía. Nos extrañaba mucho.
Un buen día se le ocurrió pedirle a una de sus amigas, una salvadoreña que cantaba muy bonito, que la ayudara a grabar un casette para nosotros. Mi mamá, frente al micrófono, nos recordó cuánto nos quería y cuánto le partía el corazón estar tan lejos. Después nos presentó a Ara y ella cantó, suave y cariñosamente, La tortuga Manuelita, canción en la que se cuenta que Manuelita vivía en Pehuajó pero un día se marchó.
Esa fue la primera vez que escuché la música de María Elena Walsh. Un año más tarde, sus personajes y sus historias ya me habían cambiado la vida.
Poco después de la grabación del casette, mi mamá volvió a México y ella y Ara no volvieron a verse. Veinte años hace de eso y justamente este viernes Ara vendrá desde El Salvador y se reunirán.
Hoy murió María Elena Walsh y en mi mundo estamos tristes. Pero, hey, en el reino del revés seguramente están contentos. Adiós, María Elena, vamos a ver cómo es.
Un buen día se le ocurrió pedirle a una de sus amigas, una salvadoreña que cantaba muy bonito, que la ayudara a grabar un casette para nosotros. Mi mamá, frente al micrófono, nos recordó cuánto nos quería y cuánto le partía el corazón estar tan lejos. Después nos presentó a Ara y ella cantó, suave y cariñosamente, La tortuga Manuelita, canción en la que se cuenta que Manuelita vivía en Pehuajó pero un día se marchó.
Esa fue la primera vez que escuché la música de María Elena Walsh. Un año más tarde, sus personajes y sus historias ya me habían cambiado la vida.
Poco después de la grabación del casette, mi mamá volvió a México y ella y Ara no volvieron a verse. Veinte años hace de eso y justamente este viernes Ara vendrá desde El Salvador y se reunirán.
Hoy murió María Elena Walsh y en mi mundo estamos tristes. Pero, hey, en el reino del revés seguramente están contentos. Adiós, María Elena, vamos a ver cómo es.
jueves, octubre 7
Arizona
Hace un mes, Pablo y yo fuimos a Arizona. Qué bonita y roja es.
Les comparto un poco de lo que vi allá: Snoopy inmortalizado en piedra, cactus extraterrestres, ardillas hambrientas y florecitas que nacen a medio desierto.
El Gran Cañón es, en efecto, enorme. De él nada más vimos la puntita, y ella sola nos pareció inmensa. Está repleto de ardillas que se roban la comida que encuentran y de turistas exclamando en todos los idiomas “Wow!”, “¡Jolín!”, “Hou la!”, “¡No mamar!”
El último día sobrevolamos Phoenix, subidos a un globo aerostático. Y, bueno, ya lo verán:
Les comparto un poco de lo que vi allá: Snoopy inmortalizado en piedra, cactus extraterrestres, ardillas hambrientas y florecitas que nacen a medio desierto.
El Gran Cañón es, en efecto, enorme. De él nada más vimos la puntita, y ella sola nos pareció inmensa. Está repleto de ardillas que se roban la comida que encuentran y de turistas exclamando en todos los idiomas “Wow!”, “¡Jolín!”, “Hou la!”, “¡No mamar!”
El último día sobrevolamos Phoenix, subidos a un globo aerostático. Y, bueno, ya lo verán:
¡Cómo me gustó Arizona!
jueves, septiembre 30
25
Dos semanas antes de que yo naciera, en septiembre de 1985, tembló.
Cuando tenía cero años, mis papás se separaron. Mi papá se fue y llegó mi abuelita.
Cuando tenía un año, mi mamá trabajaba incansablemente para alimentarnos, vestirnos, educarnos.
Cuando tenía dos años, mi mamá tenía una moto y mi hermano, un casco rojo.
Cuando tenía tres años, acompañé a mi mamá a ser presidenta de casilla, en la elección de 1988.
Cuando tenía cuatro años, aprendí a leer.
Cuando tenía cinco años, mi mamá se fue a España a estudiar. Me quedé con mi abuela, con mi hermano y Porfi.
Cuando tenía seis años, mi mamá encontró el amor de nuevo. Este acabaría, queriéndolo o sin quererlo, convirtiéndose en algo así como un nuevo papá para mí. Vi el eclipse solar del 11 de julio, tomada de la mano de mi familia.
Cuando tenía siete años, no escuchaba nada que no fueran Los Beatles. Ese año, a mi mejor amigo le dieron un balazo y quedó en coma, de la que no salió hasta que murió, quince años después; así conocí la pérdida.
Cuando tenía ocho años, aprendí a nadar.
Cuando tenía nueve años, el peso se cayó y conocí la preocupación que da la incertidumbre. Ese año canté Carmen en un teatro abarrotado.
Cuando tenía diez años, quería ser futbolista.
Cuando tenía once años, le pedí a mis papás que me metieran a una escuela pública para ver qué había ahí.
Cuando tenía doce años, respondí "¡Cantante!" a la pregunta "¿Qué quieres ser cuando seas grande?"
Cuando tenía trece años, me enamoré por primera vez.
Cuando tenía catorce años, aprendí a rebelarme.
Cuando tenía quince años, aprendí a controlarme.
Cuando tenía dieciséis años, me hice rastas. También me caí de la bici y tuve amnesia temporal. Así conocí la precaución. Ese año murió mi tía Lucía, la persona más buena que se ha cruzado en mi andar. Así supe cómo nombraré a mi hija cuando nazca.
Cuando tenía diecisiete años, entré a estudiar Antropología y comencé a trabajar como mesera en un café; quería necesitaba deseaba anhelaba un coche y lo compré.
Cuando tenía dieciocho años, me fui a recorrer el desierto de Estados Unidos, en el asiento trasero del coche de mis tías Patti y Nancy.
Cuando tenía diecinueve años, me fui a Tlaxcala a trabajar haciendo antropología por primera vez.
Cuando tenía veinte años, tomé una mochila y me fui a Europa, yo sola, para ver si entendía por qué tanto alboroto. Lo entendí.
Cuando tenía veintiún años, me fui de mi casa y de mi ciudad. Llegué al DF enamorada y muy contenta, aunque aterrorizada.
Cuando tenía veintidós años, comencé a estudiar una maestría. Aún no he terminado mi tesis.
Cuando tenía veintitrés años, mi hermano se casó. Meses después, nació mi sobrino Leonardo, lo más bonito que he visto.
Cuando tenía veinticuatro años, me rompieron el corazón. El mundo, como lo conocía, se derrumbó. Barrí las cenizas y comencé a construir uno nuevo, lenta y pacientemente. Uno que no duela, un lugar digno de ser habitado. Dentro de él vivo ahora y hoy estoy cumpliendo veinticinco años. Felicidades, Alaíde.
martes, agosto 17
lunes, agosto 16
San Salvador Atenco
En Atenco, como en todo el estado de México, el clima tiene un trastorno de personalidad inestable que lo hace cambiar de esto:
sábado, agosto 14
Travesías
Tenía quince años cuando supe que Silvio iba a tocar en la FIL. Me aventé un viaje de trece horas de ida y trece de vuelta para escucharlo cantar cinco canciones. Hice parada en el DF. Le tenía pavor a la ciudad y por eso me quedé, en silencio, sentada en una mesita de la central del norte, viendo a la gente pasar, esperando a que saliera mi autobús. Nerviosa y expectante, cuando apenas iba; satisfecha y feliz, al regreso. Al llegar a Guadalajara, tomé un taxi. Cuando comenzó a dar vueltas por lugares oscuros y desconocidos para mí, pensé "moriré hoy, aquí, y nadie se enterará". No fue así, por supuesto. Todo salió bien y ahora puedo contarlo. Y ahora puedo, porque no tengo respeto por las verdaderas travesías, comparar mi viaje con el de Fiztcarraldo, quien viajó, desde Iquitos, dos mil kilómetros por el Amazonas. A quien se le estropeó el motor y tuvo que remar, estropeándose las manos. Dos días y dos noches remando para ver a Caruso una vez en la vida. Yo también lo habría hecho.
miércoles, agosto 4
Tumblr
Aunque no me queda claro qué es ni cómo se pronuncia, ahora tengo un tumblr. Entiendo que si el blog es la únidad básica de medida y el twitter es un microblog, el tumblr resulta algo así como un miniblog.
Me explicaron que sirve para escribir notas breves y para compartir cositas para las que resulta muy pesado un post en el blog. Me cuesta trabajo decidir qué irá al twitter, qué irá al tumblr y qué irá al blog. Sin embargo, clasificar es una de mis actividades preferidas así que me divertiré administrando los contenidos que surjan en mi día a día.
Me explicaron que sirve para escribir notas breves y para compartir cositas para las que resulta muy pesado un post en el blog. Me cuesta trabajo decidir qué irá al twitter, qué irá al tumblr y qué irá al blog. Sin embargo, clasificar es una de mis actividades preferidas así que me divertiré administrando los contenidos que surjan en mi día a día.
Los themes que me ofreció tumblr me parecieron muy bonitos, muy mínimos, muy respetables, muy serios. Muy ñe. Al fin, a las cuatro de la mañana, di con uno más colorido y desordenado. Como yo.
Un escenario nuevo siempre viene bien, sobre todo si nos facilita la vida a quienes queremos seguir escribiendo, aunque más brevemente. Seguramente los primeros días compartiré contenidos como si no hubiera mañana. Veremos qué pasa después.
Los invito a abrir el suyo y, si ya lo tienen, síganme que yo los seguiré.
Bienvenidos, pues, a: http://amiguiz.tumblr.com
martes, julio 27
Nos gustan los perros
Nos gustan los perros y les adjudicamos cualidades humanas. Son nobles, decimos, y fieles y leales. En realidad, los perros no actúan siguiendo un imperativo categórico ni conocen la bondad. Mucho menos consideran la correctitud o las buenas maneras cuando mueven la cola en señal de agradecimiento. Su instinto, no obstante, los mueve a hacer cosas misteriosas, como saber que sus dueños están camino a casa. Más impresionante, para mí, resulta cómo ponen el mundo de uno de cabeza, cómo se convierten en parte de la familia y cómo nos mueven a componer canciones y a escribir historias.
Mi cocker llegó cuando yo tenía quince años. Le puse un nombre, Bellota, sus vacunas y un collar. Y ella me llenó de responsabilidades y de preocupaciones. Ha dormido en mi cama más de mil noches, me ha visto enterrar a mis seres queridos, ha aguantado pacientemente todos mis viajes, me ha calentado los pies durante diez inviernos y ha protagonizado decenas de mis posts. Es de mí tanto como yo soy de ella: Soy su persona. Este año cumplo veinticinco años y ella diez; estamos envejeciendo. Ya le cuesta subir escalones y se está llenando de achaques. Aquí sigue a mi lado, acompañándome. Todavía sabe cuándo me encuentro camino a casa.
lunes, julio 19
Comida
Convivo poco con mi sobrino porque vivimos en ciudades distintas. Visitarlo ocupa el primer renglón en mi lista de cosas que hacer cuando vengo a Xalapa. Me gusta verlo descubrir el mundo, asombrarse de sus detalles y también acostumbrarse a las cosas que antes eran nuevas, a los fabulosos datos que antes no sabía: que le gusta el helado, que corriendo se llega más rápido que caminando y que si se frota los dedos enfrente del gato éste se acerca y se deja acariciar.
Me gusta darle de comer. El rito del bebé comiendo incluye, obviamente, al bebé que se alimenta, pero también al público adulto que, expectante, suspira con cada sonido y sonríe con cada bocado. Y por "público adulto" me refiero, por supuesto, a mí misma.
Cuando le doy la comida, me mira a los ojos. No ve la cuchara ni el plato; me ve a mí. Deposita toda su confianza en mí, mirándome. No ha visto pollos ni ha cultivado papas; no entiende el concepto de alimento. La única garantía que tiene de que su comida es comida soy yo, que soy su tía y que lo amo. Me mira a los ojos, abre grande la boca, recibe la primera cucharada, la traga, sonríe, no deja de mirarme a los ojos y vuelve a abrir la boca. Y yo me siento gigante.
Cuando le doy la comida, me mira a los ojos. No ve la cuchara ni el plato; me ve a mí. Deposita toda su confianza en mí, mirándome. No ha visto pollos ni ha cultivado papas; no entiende el concepto de alimento. La única garantía que tiene de que su comida es comida soy yo, que soy su tía y que lo amo. Me mira a los ojos, abre grande la boca, recibe la primera cucharada, la traga, sonríe, no deja de mirarme a los ojos y vuelve a abrir la boca. Y yo me siento gigante.
miércoles, junio 23
Trabajar
Ayer, mi abuela nos dejó caer, por primera vez, el peso de sus ochenta y cuatro años: Se desmayó en la cocina. El doctor dijo que seguramente tuvo una pequeña obstrucción sanguínea, pero eso no es lo que opina ella:
"Yo creo que a mi corazón se le olvidó latir una vez. O mi cerebro ya no quiso trabajar. Uno de los dos. De cualquier modo, ya hablé con ambos: ya los regañé. Ya les dije que se pongan a trabajar y se dejen de cosas, que a fin de cuentas tienen los mismos años que yo, y yo no me ando con perezas ni olvidos".
Mi abue y yo, hace un mes.
martes, febrero 9
Erguido
A Julio, cuando era niño, su papá le dijo que caminara erguido, que nunca agachara la cabeza, que mirara al horizonte, con la frente en alto. Julio creció orgulloso y digno. Muy digno, a pesar de que constantemente tropieza y se cae. Es que mira con la frente en alto, al horizonte, y nunca abajo, al camino.
martes, febrero 2
Tlalpujahua, Michoacán
Fuimos a Tlalpujahua con Pablo porque queríamos ver a las mariposas monarcas. No pudimos verlas porque estaba lloviendo, pero aprovechamos para conocer Tlalpujahua y la presa Brockman.
Tlalpujahua es pueblo mágico. Está rodeado por cerros y sus calles empedradas suben y bajan. La lluvia corre en pequeños ríos junto a los pocos autos que hay. En la única foto que tomé del centro aparecen los cerros. También le tomé una foto al parque:
Y a la iglesia.
Cerca de ahí, tomando no sé qué carretera hacia no sé dónde, en el Estado de México, está la presa Brockman. Ahí hay patos nadando en el agua helada, unas cuantas casas que deben valer millones, un follaje de pinos enmarcando el paisaje y un pequeño muelle como el de Dawson's Creek.
So open up your morning light
and say a little pray for I.
and say a little pray for I.
Mientras caminábamos alrededor de la presa, de un minuto a otro bajó la niebla e inmediatamente después comenzó a granizar como si estuviera llegando el fin del mundo.
El fin del mundo, les digo.
De alguna forma sobrevivimos y regresamos, empapados pero contentos, a Tlalpujahua y luego al DF. Para no hacerles el post largo, les diré que Tlalpujahua está muy bonito y que les recomiendo visitarlo. Sus habitantes los recibirán atentos:
jueves, enero 14
Games
Estoy leyendo un libro en el que Steven Johnson intenta demostrar que la cultura pop de hoy nos está haciendo más listos y no al revés. El primer capítulo es una apología, desde la neurociencia, de los videojuegos. Antes entrarle al tema, Johnson dedica un par de párrafos al ejercicio de imaginación que voy a compartirles: ¿Qué pasaría si los niños hubieran jugado videojuegos desde siempre y de repente comenzaran a leer textos? ¿Qué dirían los padres y profesores, alarmados? Se los dejo aquí, perdonen la traducción casera.
No lo linchen, por favor. Dos renglones más abajo explicará que él no defiende esta postura y que el hecho de que haya presentado sus argumentos en forma de libro y no de juego es la mejor prueba. Sin embargo, este ejercicio sirve -funcionó conmigo- para que el lector le permita la entrada a una visión distinta del satanizado mundo moderno y a la información que ofrecerá más adelante.
Leer libros subestimula crónicamente los sentidos. A diferencia de la ampliamente asentada tradición de jugar videojuegos -la cual implica al niño en un mundo vívido y tridimensional, lleno de imágenes móviles y de sonidos musicales, que es navegado y controlado por movimientos musculares complejos-, los libros son, simplemente, estériles líneas de palabras en una página. Sólo una pequeña porción del cerebro, dedicada a procesar el lenguaje escrito, se activa durante la lectura, mientras que jugar videojuegos compromete al rango completo de córtex cerebral sensorial y motor.
Los libros son también trágicamente aislantes. Mientras que los juegos, durante años, comprometieron al menor en complejas relaciones sociales con sus pares, construyendo y explorando mundos conjuntamente, los libros fuerzan al niño a retenerse a sí mismo en un espacio callado, lejos de la interacción con otros niños. Estas nuevas "librerías" que han surgido en años recientes para facilitar las actividades de lectura son escenarios aterradores: docenas de niños, normalmente vivaces e interactivos, sentados solos en cubículos, leyendo, silenciosamente, ajenos a sus iguales.
Muchos niños disfrutan leer libros, por supuesto, y no hay duda de que algunos de los vuelos de su imaginación, transmitidos por la lectura, tienen sus méritos. Sin embargo, para un gran porcentaje de la población, los libros son discriminatorios. La moda de la lectura se mofa cruelmente de los 10 millones de niños estadounidenses que sufren de dislexia -una condición que ni siquiera existía antes de que los textos impresos vinieran a estigmatizar a los pacientes.
Pero quizás la propiedad más peligrosa de estos libros es el hecho de que siguen un camino lineal fijo. Uno no puede controlar su narrativa en ningún modo -simplemente se sienta y espera a que se le dicte la historia. Para aquellos que fuimos criados con narrativas interactivas, esta característica resulta asombrosa. ¿Por qué querría alguien embarcarse en una aventura totalmente diseñada por otra persona? Sin embargo, la generación actual lo hace millones de veces al día, arriesgándose a instalar una pasividad general en los niños, haciéndoles sentir impotentes para cambiar sus circunstancias. Leer no es un proceso activo y participativo, sino sumiso. Los lectores de la generación más joven están aprendiendo a "seguir la trama", en vez de a liderar.
No lo linchen, por favor. Dos renglones más abajo explicará que él no defiende esta postura y que el hecho de que haya presentado sus argumentos en forma de libro y no de juego es la mejor prueba. Sin embargo, este ejercicio sirve -funcionó conmigo- para que el lector le permita la entrada a una visión distinta del satanizado mundo moderno y a la información que ofrecerá más adelante.
viernes, diciembre 11
Mi sobrino Leonardo
Si a Leonardo Ventura le hubiera tocado nacer entre los sioux que documentó Erikson, no habría podido tomar calostro porque sus familiares lo habrían considerado un veneno. En vez de eso, al nacer, sus parientes habrían colocado las mejores hierbas y bayas en la vejiga de un búfalo y se lo habrían ofrecido como alimento.
Si le hubiera tocado nacer inuit -esquimal-, pasaría tres cuartas partes del día pegado a la espalda de su mamá, calientito, moviéndose de un lado a otro. Haría ahí, sobre la piel de su mamá, su caca, y ella sabría con exactitud en qué momento limpiarse. Tal vez luciría como el hijo de Nanook.

Pero no.
A Leonardo le tocó nacer entre nosotros. Le toca dormir en una cuna anaranjada, rodeado de peluches pachoncitos hechos en Taiwán. Le toca comer cada tres horas: leche materna, leche de polvito, papilla de manzana, chayote no, guácala. Le tocó ser hijo de dos mexicanos jóvenes, trabajadores, orgullosos del pequeño humano que trajeron al mundo.
Le tocó tener dos abuelas, una más gritona que la otra, ambas igual de enamoradas de él. Y dos abuelos, uno que le susurra Hello, little baby Leo y otro que lo bendice cariñosamente cada vez que lo ve. Los cuatro suspiran, conmovidos, ante cualquier indicio de sonrisa del bebé Leonardo.
Le tocó tener dos tíos maternos, adultos, varones, igual que a mí. Y, además de todo, le tocó tener una única tía, que soy yo. Una tía que le compra neuronas gigantes hechas de peluche y que no puede esperar para enseñarle a andar en bicicleta.

Leonardo es, por mucho, lo mejor que nos trajo este año a mí y a mi familia. Un pequeño primate sonriente, altricial, perfecto y precioso. Y yo lo adoro, ¿cómo la ven?

Si le hubiera tocado nacer inuit -esquimal-, pasaría tres cuartas partes del día pegado a la espalda de su mamá, calientito, moviéndose de un lado a otro. Haría ahí, sobre la piel de su mamá, su caca, y ella sabría con exactitud en qué momento limpiarse. Tal vez luciría como el hijo de Nanook.

Pero no.
A Leonardo le tocó nacer entre nosotros. Le toca dormir en una cuna anaranjada, rodeado de peluches pachoncitos hechos en Taiwán. Le toca comer cada tres horas: leche materna, leche de polvito, papilla de manzana, chayote no, guácala. Le tocó ser hijo de dos mexicanos jóvenes, trabajadores, orgullosos del pequeño humano que trajeron al mundo.
Le tocó tener dos abuelas, una más gritona que la otra, ambas igual de enamoradas de él. Y dos abuelos, uno que le susurra Hello, little baby Leo y otro que lo bendice cariñosamente cada vez que lo ve. Los cuatro suspiran, conmovidos, ante cualquier indicio de sonrisa del bebé Leonardo.
Le tocó tener dos tíos maternos, adultos, varones, igual que a mí. Y, además de todo, le tocó tener una única tía, que soy yo. Una tía que le compra neuronas gigantes hechas de peluche y que no puede esperar para enseñarle a andar en bicicleta.

Leonardo es, por mucho, lo mejor que nos trajo este año a mí y a mi familia. Un pequeño primate sonriente, altricial, perfecto y precioso. Y yo lo adoro, ¿cómo la ven?

lunes, diciembre 7
Tacos Don Felipe
¡Es un tablero de Scrabble!
Pero no es cualquier tablero, ¡está en portugés! Soy fan.
domingo, diciembre 6
Venía en la bici de regreso
Venía en la bici de regreso. Me metí en una callecita que entra por Universidad, junto de donde venden ricas galletitas, y va a dar a Xola. Era muy tarde. La obscuridad, sumada a mi sensación de pedalear, cansada, sudando, mochila al hombro y con casco, me hizo sentir en Xalapa un segundo. Porque sólo allá pedaleo, cansada, sudando, mochila al hombro y con casco, en plena obscuridad. De repente, se quedó callado todo. No pasaba un coche, ni en esa calle, ni en Universidad, ni, milagro, en Xola. Nada de ruido. Cero. Se oían la cadena de mi bici y mi respiración y nada más. Zigzagueé a media calle, y nada. Me detuve y vi para atrás. Volví a pedalear y comencé a imaginar que era Kevin Arnold regresando a casa. ¿Ya saben?, las banquetas amplias, los coches a los lados, la calle gris, el cielo alto y yo en bici. ¡Fum! ¡De pronto lo recordé! De repente supe por qué esa sensación me era familiar: ¡Me creí Kevin Arnold toda mi vida! En mi casa, en Xalapa, regresando de la escuela, yendo al cine, pedaleando con los ojos cerrados, siempre imaginé que una voz en off narraba mis pensamientos. Y ahora lo estaba sintiendo aquí, en México. Estaba tan cómoda como está un sábado un panzón en la sala de su casa, en pantuflas, rascándose las nalgas. Sentí que la calle era mía, que los árboles me conocían, que los vecinos me saludaban. Sentí que estaba en mi colonia, en mi casa. Es que ya vivo aquí, con Beto. Ésta, desde donde estoy escribiendo, es ya mi casa.
viernes, noviembre 13
La fortuna de mi abuelo
Tengo un abuelo: Margarito Medina Fierro. Tengo mil anécdotas sobre él. Entre otras, la de que es, en una concatenada sucesión de eventos, el responsable de que Fidel Herrera sea gobernador. Eso luego lo platicaré.
En este post voy a contarles sobre la suerte, buena y mala, que ha acompañado al viejo Márgaro.
Cada vez que tiene la oportunidad, mi abuelo compra boletos de lotería. Cuando desayunábamos en la Parroquia de Veracruz, era el único que le decía "sí, dame dos" a los boleteros acosadores. Cuando nos visitaba en Xalapa y mi mamá le decía "vamos a un mandado, ahorita volvemos", me daba diez pesos y me preguntaba en qué año había nacido, mes y día. Apuntaba mis respuestas y me decía: "juega estos números al Melate".
Una vez se ganó un premio grande. No sé cuánto, pero bastante, tal vez unos 150 mil pesos. Pagó las deudas que tenía (considerables, como muchos mexicanos que quieren, ustedes saben, comer, taparse, curarse, transportarse dignamente). Tomando en cuenta que llevaba cincuenta años comprando boletos de lotería y Melate semanalmente, es probable que a duras penas se le hiciera justicia con un reembolso retroactivo. El chiste es que le sobró una buena cantidad de dinero, ¿y qué creen que hizo con ella? ¿Viajar? ¿Invertir? ¿Ahorrar?
No. Él siempre tuvo claro que el dinero debe servir para vivir feliz. Y estaba en lo cierto, supongo. Por esa razón, mandó a construir una barda que rodeara todo su terreno. Un muro infranqueable, alto y sólido. "Es que ya me tiene chocado mi vecino, ya no quiero verle la cara", nos explicó.
Eso tiene más de diez años. Después de eso le vendrían dos embolias, dos inundaciones y la muerte de dos de sus hermanas. Él sigue ahí en su casa, envejeciendo. Me lo imagino sentado en su sillón, mirando su barda, orgulloso y tranquilo. Contento.
En este post voy a contarles sobre la suerte, buena y mala, que ha acompañado al viejo Márgaro.
Cada vez que tiene la oportunidad, mi abuelo compra boletos de lotería. Cuando desayunábamos en la Parroquia de Veracruz, era el único que le decía "sí, dame dos" a los boleteros acosadores. Cuando nos visitaba en Xalapa y mi mamá le decía "vamos a un mandado, ahorita volvemos", me daba diez pesos y me preguntaba en qué año había nacido, mes y día. Apuntaba mis respuestas y me decía: "juega estos números al Melate".
Una vez se ganó un premio grande. No sé cuánto, pero bastante, tal vez unos 150 mil pesos. Pagó las deudas que tenía (considerables, como muchos mexicanos que quieren, ustedes saben, comer, taparse, curarse, transportarse dignamente). Tomando en cuenta que llevaba cincuenta años comprando boletos de lotería y Melate semanalmente, es probable que a duras penas se le hiciera justicia con un reembolso retroactivo. El chiste es que le sobró una buena cantidad de dinero, ¿y qué creen que hizo con ella? ¿Viajar? ¿Invertir? ¿Ahorrar?
No. Él siempre tuvo claro que el dinero debe servir para vivir feliz. Y estaba en lo cierto, supongo. Por esa razón, mandó a construir una barda que rodeara todo su terreno. Un muro infranqueable, alto y sólido. "Es que ya me tiene chocado mi vecino, ya no quiero verle la cara", nos explicó.
Eso tiene más de diez años. Después de eso le vendrían dos embolias, dos inundaciones y la muerte de dos de sus hermanas. Él sigue ahí en su casa, envejeciendo. Me lo imagino sentado en su sillón, mirando su barda, orgulloso y tranquilo. Contento.
jueves, octubre 29
Algo que hago
Lunes. El maestro recomienda una película y encarga que leamos un libro. La película no está en torrents ni el libro está digitalizado. “Ir a Gandhi”. Martes. El maestro pide que leamos un libro. No aparece en el catálogo de Gandhi. Llamo al FCE, no lo tienen. “Ir a la biblioteca”. Cena en la casa. ¡Chin! Ya no hay lavatrastes. “Ir a comprar lavatrastes”. Hay que lavar ropa. ¡Hey! ¡No hemos ido a recoger la garantía de la lavadora! “Ir a la comer”. Miércoles. Voy en camino al asilo cuando mis audífonos se rompen. Ya en casa, intento imprimir. Replace Color Ink Cartridge. “Ir a la plaza de la computación”. Jueves. Mi mamá me mandó un correo. Hijita querida, cuando tengas tiempo, consígueme los siguientes libros... “Ir a Gandhi”. Como ya estaba en la lista, lo subrayo. Riego mis plantas. Me lleva, se acabó el abono. “Ir al Green Corner”.
Viernes. Voy a la biblioteca central. De regreso, me bajo en Quevedo. Gandhi. FCE. Miro mi lista: Palomita, palomita. Tomo un trole que me deja en la Comercial Mexicana. Palomita. Cruzo la acera, entro a The Green Corner. Palomita, palomita. Un micro me deja en División del Norte. Al bajar, por poco me atropella una moto. Consigo subirme a un trole. —¿No costaba dos? —Es que ahora es cero emisiones. ¿Y no era? Camino hasta llegar al fondo. Un predicador de la palabra divina nos regaña por no darle un peso. Herejes, van a ver cuando llegue el juicio final. Hago la parada y bajo. Está comenzando a llover. La churrería El Moro me resguarda. Me amarro bien los tenis y corro a la plaza de la computación. Qué se te ofrece, amiga, una USB, un monitor, amiga, en qué puedo servirte, amiga, qué andabas buscando, qué buscas, amiga, un mouse, una memoria, qué necesitas, amiga, qué buscas, amiga. Rellenan mi tinta, me venden un par de audífonos, me convencen de comprar unos cds. Palomita. Salgo y cruzo el eje. Sigue lloviendo, estoy empapada, tengo frío en los pies. Está oscureciendo. No he comido y tengo sed. Un ojete se acerca a un charco y me moja con agua puerca, intencionalmente. Ahí viene mi trole. Subo y, cuarenta minutos después, bajo. Me abro camino entre los comensales de una taquería portátil. Apesta a grasa saturada y cebolla quemada. Me pesa la mochila; el IMSS regañaría a mis papás si me viera. Tengo el verde peatonal, pero no puedo pasar. Ya tengo el verde otra vez. Llego a la puerta de mi edificio. Toco. Toco de nuevo. Quién sabe dónde andará el portero. Pongo mi mochila en el suelo; ya se enlodó todo. Saco la llave, subo, entro a mi departamento. Me reciben un gato cariñoso y una nota que dice ¡Ya es fin de semana! Vacío mi mochila y me quito los tenis. Respiro profundamente y sonrío.
Por eso dejo todo para los viernes. Para no sentir que el mundo se me acaba, sino que empieza.

Por eso dejo todo para los viernes. Para no sentir que el mundo se me acaba, sino que empieza.

miércoles, octubre 28
Sueños
No sé qué hacer con mis sueños. Todas las noches sueño y cada mañana, todas las mañanas de mi vida, los recuerdo con claridad. La mitad son pesadillas, pero no me cansan; por el contrario, me emocionan mucho porque casi siempre soy capaz de darme cuenta de que se trata de simples sueños e involucrarme en las historias por la buena.
Cuando era niña llevaba "diarios de sueños", que siempre abandonaba por floja. Hace un par de años comencé a escribirle mails matutinos a mi mamá, contándoselos. Sus respuestas siempre eran "Ya no cenes tanto, hijita", o "Vaya sueño mafufo" (con cariño, claro). Dejé de hacerlo (de nuevo, por floja) y perdí la costumbre.
Hasta la fecha, cada mañana le cuento mis sueños a Beto y eso me ayuda a recordarlos durante el día. Pero, con el tiempo, los dos los olvidamos. Por eso voy a escribir el sueño que tuve hace unos días, y también el que tuve hoy: para no olvidarlos.
Cuando era niña llevaba "diarios de sueños", que siempre abandonaba por floja. Hace un par de años comencé a escribirle mails matutinos a mi mamá, contándoselos. Sus respuestas siempre eran "Ya no cenes tanto, hijita", o "Vaya sueño mafufo" (con cariño, claro). Dejé de hacerlo (de nuevo, por floja) y perdí la costumbre.
Hasta la fecha, cada mañana le cuento mis sueños a Beto y eso me ayuda a recordarlos durante el día. Pero, con el tiempo, los dos los olvidamos. Por eso voy a escribir el sueño que tuve hace unos días, y también el que tuve hoy: para no olvidarlos.
Moneda
Voy flotando con los brazos abiertos, planeando, por un campo amplio y lleno de pasto. Alcanzo a ver casas pequeñas, graneros de lámina, construcciones dejadas a la mitad. Vuelo torpemente, caigo y vuelvo a subir; el viento controla mi vuelo. Me saco del bolsillo de la gabardina una moneda y la veo: su centro es un holograma. Al principio me asombro, pero inmediatamente recuerdo que las monedas son actualizadas automáticamente. Dependiendo de la situación del peso mexicano, el holograma marcará los digitos "10" u "8". Así, pienso, evitamos aglomeraciones y caos. Si la moneda se devalúa, el holograma lo indica y nada se puede hacer al respecto. Tu dinero vale mucho o poco y punto; no hay pierde. De repente, mi moneda cambia de color, se vuelve rojiza. Es porque recibí un SMS. Sí, en ella. Lo leo. No recuerdo qué dice, pero al terminar, muestra un mensaje publicitario y luego vuelve a ponerse un 10.
Amanecer
Vivo con Beto en un edificio del DF. Queremos ver el amanecer. Al subir a la azotea, alcanzo a ver el edificio de enfrente. Es igual al nuestro, con balcones, pero en él, cada balcón es una especie de dolmen horizontal envuelto por las raíces de los árboles que sostiene. Un árbol por dolmen, simulando los baobabs que crecían en el planeta del principito. De lejos, parece una pirámide de árboles. "Qué gran idea", pienso. Seguimos subiendo. Llegamos a la azotea y vemos la ciudad a nuestros pies. El DF, en mi sueño, es montañoso, como Lisboa, como Xalapa. Vivimos en la parte más alta de la ciudad, desde donde se alcanza a ver el mar. El DF, en mi sueño, claro, tiene mar. Sopla un viento muy fuerte, que mueve las aguas de las albercas de los vecinos que viven más abajo, en la misma calle que nosotros. Amanece. En un segundo, el azul del cielo y el del mar dejan de ser uno solo y adoptan cada uno su color particular. El cielo tiene unos tonos azules, grises y platas eléctricos, saturadísimos. Parecen pintados por un fanático del alto contraste, con pinceladas gruesas. El mar es de un azul tan cristalino y homogéneo como sólo deben verse, imagino, las playas de las islas del Pacífico. El agua de la alberca de mis vecinos es verdosa, intensa y limpia. Todos los tonos comenzaron en una misma mancha azul y se fueron separando conforme el sol fue saliendo. Beto me abraza y vemos a la ciudad despertar. Es increíble. Es la escena más bonita que he visto en mi vida y tal vez nunca pueda verla de nuevo.
domingo, octubre 25
Mi top 3 de canciones en supermercados
1. Radiohead - Fake Plastic Trees
2. Travis - Closer
3. Michael Bublé - Haven't met you yet.
2. Travis - Closer
3. Michael Bublé - Haven't met you yet.
miércoles, octubre 21
How Leonardo got his name
Les quiero compartir el cuento de cómo mi sobrino Leonardo obtuvo su nombre. Lo escribió su abuelo paterno y, como yo estoy orgullosa de los dos, pedí permiso para postearlo.
Está en inglés. Esto, porque, a pesar de haber vivido en México casi veinte años, el autor de repente dice frases como "La ciudad está muy populada hoy". Así que en inglés es mejor. Aquí les dejo:
Está en inglés. Esto, porque, a pesar de haber vivido en México casi veinte años, el autor de repente dice frases como "La ciudad está muy populada hoy". Así que en inglés es mejor. Aquí les dejo:
Once upon a time, there was born to two lovely parents a beautiful baby boy. Since he was brand new born, he didn’t have a name yet. And, of course, he couldn’t talk so he couldn’t tell his two lovely parents what name he wanted. His parents looked at him and thought, “What a beautiful baby boy! But what name should he have? He crawls around like a cat, Let’s call him Katherine!” The beautiful baby boy didn’t like that idea, so he decided to find a name for himself.
The next day, very early before his parents woke up, he looked around and saw a mat on the floor. He liked the mat and he thought, “I like this mat. I think I want to be called Matthew!” So he lay down next to the mat. When his two lovely parents came in and saw him lying next to the mat on the floor, they thought, “Look! He’s lying on the mat on the floor. Let’s call him Eli, because he’s lying down!”
The beautiful baby boy didn’t like that. So, the next day, very early in the morning before his parents woke up, he looked around and saw a coat rack on the wall. He liked the coat rack and thought, “I like this coat rack on the wall. I think I want to be called Wally!” So he placed himself next to the coat rack on the wall. When his parents came in and saw him, they thought, “Look! He’s next to the coat rack on the wall. Let’s call Jack, because he must like to be next to our jackets!”
The beautiful baby boy didn’t like that. So, the next day, very early in the morning before his parents woke up, he looked around when, suddenly, there was a loud rumble and the ground began to shake. Then, just as suddenly, a fierce wind began to blow and a large growling came in from the nearby ocean. The beautiful baby boy heard the rumble, felt the ground shaking and the wind blowing and heard the growling of the nearby ocean.
He knew that all these things meant danger, but he was not afraid. Instead, he knew he had to save his two lovely parents. So, he made a rumbling sound, then he kicked at the ground with his feet to make it shake and he waved his fists at the wind. Finally, he made the largest and deepest growling sound that any one tiny baby could make. His two lovely parents woke up and, seeing that there was danger, grabbed the beautiful baby boy and headed for to safety.
The next morning, the beautiful baby boy was thinking about his name again when his parents came in and thought, “He made a rumbling sound, pounded the ground and waved his fists at the wind. Finally, he made the largest and deepest growling sound that any one tiny baby could make. But most of all, he showed the courage of a lion. Let’s call him Leonardo!”
And the beautiful baby boy liked that name, “Leonardo.” It was, after all, much better than the one he had thought of for himself: Tsunami-boy.
Randall Ch. Kohl
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